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martes, 10 de abril de 2012
Cristian Silva, el "Steven Segal" de las falsos profetas y la quema de libros de Elena G. de White
El año pasado, entre los meses de julio y septiembre recibí decenas de mensajes respecto a un supuesto "profeta" que anunciaba vía Youtube que Jesús volvería el 15 de octubre del 2011.
La verdad, confieso que ante los mensajes sobre el particular simplemente no quise responder ni hablar del asunto ya que me parecía una verdadera "barbarie" y un atentado directo a la inteligencia humana y más aún al pensamiento adventista del séptimo día. Por ello decidí no contestar ni emitir juicio, y esperar, como lo hice, a que el tiempo le de el veredicto oficial. Y así fue.
Cuando llegó la fecha como ya todos saben, Jesús no volvió, y bueno, todos esperaban que el "Steven Segal" de los falsos profetas (acuñado por un famoso teólogo adventista) se pronuncie y haga su descargo. Nada de nada.
No obstante, para sorpresa de no pocos, Cristian Silva "el chasqueado" no se le ocurrió otra cosa que atribuirle la culpa a Elena G. de White de su tamaña y errónea "predicción" y según él, por mandato del señor, quemar los libros de EGW.
Mientras observaba el último video que colgó me preguntaba qué es lo que ocurrió con ese pobre hombre. Con tantos libros proféticos se volvió un "loco". Terrible sin duda.
En su forma de hablar expresa a leguas un problema mental muy serio. Se evidencia resentimiento, rencor, odio... y es que es comprensible después del "chasco" que le tocó vivir y liderar. Quema muchos libros de Elena G. de White diciendo que es producto de "Jezabeel White", son brujería, etc. Sinceramente es triste el cuadro. Ya me hubiera gustado tener las colecciones de libro de la Mensajera del Señor...!
Ante las decenas de mensajes sobre el supuesto "profeta" simplemente, el tiempo se encargó de mostrarnos que era un desubicado más, un falso profeta y mucho más cómico del que imaginé.
Cristian Silva es sin duda un hombre que necesita ayuda de profesionales y de Dios por supuesto, oremos por él. Que Dios le ayude a recobrar la relación íntima con Él que sin duda algún día experimentó y que por cosas desconocidas perdió.
Pr. Heyssen J. Cordero Maraví
viernes, 27 de enero de 2012
La Doctrina de la Trinidad y los Adventistas del Séptimo Día
12:06
1844
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Historia de la IASD
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Identidad profética
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La Deidad
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Trinidad
No comments
Adventistas
del séptimo día antitrinitarios.
En años recientes, un número de publicaciones
antitrinitarias han aparecido en la iglesia adventista, como por ejemplo:
Fred Allaback, No New Leaders… No New Gods;
Lynnford Beachy, Did they Believed in the Trinity;
Rachel Cory-Kuehl, The Persons of God
Allen Stump, the Foundation of our Faith; and
others
El tenor de todas estas publicaciones es que la
“iglesia como un todo rechazaba la doctrina de la Trinidad, y no fue hasta
muchos años después de la muerte de Elena White que la iglesia adventista
cambió su posición con relación a la Trinidad” (Lynnford Beachy, Did they
Believed in the Trinity, 1966).
La doctrina de la Trinidad es vista como “el Omega
de la apostasía doctrinal dentro de la denominación adventista del séptimo
día.”( Fred Allaback, No New Leaders... No New Gods, pág. 38.)
Por tanto, para permanecer fieles a Dios, ellos
exigían retornar a la fe de los pioneros y rechazar la Trinidad.
Aparte de unos cuantos argumentos bíblicos, la
mayoría de los argumentos avanzados para promover esta idea son históricos; con
la atención puesta en los pioneros y Elena White:
“Todos nuestros pioneros, incluyendo a Elena White
fueron antitrinitarios”.(Fred Allaback, No New Leaders… No New Gods)
Respuesta: Es cierto que al principio los pioneros
expresaron su entendimiento de la Deidad en términos antitrinitarios. El
antitrinitarismo en ese tiempo se basaba en 3 ideas principales: 1) Hubo un
tiempo cuando Cristo no existía. 2) Cristo recibió la Deidad del Padre, y por
tanto era inferior a él. 3) El espíritu Santo no es la tercera persona de la
Deidad, sino solamente el poder o la influencia de Dios y Cristo.
Todas estas ideas fueron originalmente mantenidas
por los pioneros. Sin embargo, es también un hecho histórico que la comprensión
de estos pioneros cambió a través del tiempo. Por ejemplo:
A-En 1846, Jaime White se refirió al antiguo credo
trinitario no Escritural que Jesús es el eterno Dios,( The Day Star, enero 21,
1846).
Pero en 1876 escribió que: “los adventistas del
séptimo día mantienen la Deidad de Cristo tan cerca con los trinitarios que nos
paramos de juzgar aquí”.( Review & Herald, octubre 12, 1876).
Y un año después declaró su creencia de la igualdad
del Hijo con el Padre y condenó cualquier posición como errónea que “hace a
Cristo inferior al Padre”. (Review & Herald, noviembre 29, 1877).
B- Originalmente, Urías Smith y otros enseñaban
que Cristo fue el primer ser creado. Luego adoptó la posición de que Cristo era
el unigénito no creado.
C- En 1896, W.W. Prescott escribió: “Como Cristo
nació dos veces, una vez en la eternidad, el unigénito Hijo del Padre, y otra
vez en la carne, de este modo, uniendo lo divino con lo humano en el segundo
nacimiento, así que nosotros que hemos nacido una vez ya en la carne, estamos
para tener el segundo nacimiento habiendo renacido en el espíritu”.( Review
& Herald, abril 14, 1896).
23 años después en la Conferencia Bíblica de 1919
durante una discusión sobre la Deidad de Cristo admitió: “Yo estaba en el mismo
lugar que el hermano Daniels y había enseñado las mismas cosas (que Cristo era
el principio de la obra creadora de Dios, que hablar de la tercera persona de
la Deidad o Trinidad era herética) por autoridad y sin hacer mi propio pensar o
estudio, yo supongo que estaba en lo correcto, pero encontré algo diferente”.
Transcripciones de la Conferencia Bíblica, julio 6, 1919.
Cuando hizo la pregunta ¿Podemos creer en la
deidad de Cristo sin creer en la eternidad de Cristo? Uno de los participantes
contestó: “Me la he hecho por años”. A esto Prescott replicó: “Esa es la misma
posición que hemos usado en términos en que acomodando el sentido no hay
realmente armonía con las enseñanzas de las Escrituras. Creímos por mucho
tiempo que Cristo era un ser creado, a pesar de lo que dicen las Escrituras. Yo
digo esto que pasando por alto la experiencia que ha pasado por mí en este
asunto, este uso acomodaticio de términos que hace la deidad sin eternidad, no
es mi concepto ahora del evangelio de Cristo. Pienso que queda corto toda la
idea expresada en las Escrituras y nos deja, no con la clase de Salvador que
creo ahora, sino una especie de un ser semihumano. Como lo veo, la deidad
envuelve la eternidad. La misma expresión la involucra, tu no puedes leer las
Escrituras y tener la idea de la deidad sin eternidad.”( Transcripciones de la
Conferencia Bíblica, julio 6, 1919).
Como podemos ver, los pioneros no estaban cerrados
a una partícular interpretación. Cuando vinieron nuevas comprensiones,
cambiaron sus posiciones, aunque les tomó mucho tiempo. Además debemos notar
que algunas de sus posiciones como la que involucraba la Trinidad eran
erróneas, enseñaban que la Trinidad era 3 personas en una, o de que Jesús y el
Padre eran uno y el mismo.
Otro concepto erróneo fue la idea de que la
Trinidad enseña la existencia de 3 dioses; muchos también sostuvieron la
posición de que la creencia en la Trinidad disminuiría el valor de la
expiación. Ejemplo: Si Cristo era Dios con existencia propia, no podría haber
muerto en el Calvario. Si sólo su humanidad murió, entonces su sacrificio fue
sólo un sacrificio humano.
Estos conceptos erróneos contribuyeron al rechazo
de la Trinidad.
•Sólo después de la muerte de Elena White, fue que
se introdujo a la iglesia la doctrina de la Trinidad. (Fred Allaback, No New
Leaders… No New Gods, pág. 11).
Respuesta: Los hechos históricos claramente
contradicen esta declaración. Como ya se ha indicado, en 1897 y 1898, Elena
White enseñó que “En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de
otra”. (Mensajes Selectos, tomo 1, pág 348).
Esto sólo puede ser cierto si era Dios en el más
alto sentido y no derivaba su existencia del Padre.
Con relación al Espíritu Santo, enseñó a los
estudiantes de Avondale Collage en 1899 lo siguiente:
Necesitamos comprender que el Espíritu Santo, que
es una persona así como Dios es persona, anda en estos terrenos (Manuscrito 66,
1899. [Extracto de un discurso dado a los alumnos del Colegio de Avondale,
Australia.] ).
El Espíritu Santo es una persona, porque testifica
en nuestros espíritus que somos Hijos de Dios. Cuando se da este testimonio
lleva consigo su propia evidencia. En esas ocasiones creemos y estamos seguros
de que somos los Hijos de Dios. . .
El Espíritu Santo tiene una personalidad, de lo
contrario no podría dar testimonio a nuestros espíritus y con nuestros
espíritus de que somos Hijos de Dios. Debe ser una persona divina, además,
porque en caso contrario no podría escudriñar los secretos que están ocultos en
la mente de Dios. "Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre,
sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas
de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Cor. 2: 11) (Manuscrito 20, 1906).
El príncipe del poder del mal puede ser mantenido
en jaque únicamente por el poder de Dios en la tercera persona de la Deidad, el
Espíritu Santo (Special Testimonies, Serie A, Nº 10, pág. 37. Año 1897).
(El Evangelismo, págs. 447-448)
En el contexto de la crisis de Kellog en 1905
Elena White escribió una advertencia a los obreros conectados con la obra
médica en la cual ella, sin ambigüedad apoyaba la doctrina de la Trinidad:
Evangelismo, pág. 446
El Padre es toda la plenitud de la Deidad
corporalmente, y es invisible para los ojos mortales.
El Hijo es toda plenitud de la Deidad manifestada.
La Palabra de Dios declara que él es "la imagen misma de su
sustancia" (Heb. 1: 3). "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que
ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna" (Juan 3: 16). Aquí se muestra la personalidad del
Padre.
El Consolador que Cristo prometió enviar después
de ascender al cielo, es el Espíritu en toda la plenitud de la Deidad, poniendo
de manifiesto el poder de la gracia divina a todos los que reciben a Cristo y
creen en él como un Salvador personal. Hay tres personas vivientes en el trío
celestial; en el nombre de estos tres grandes poderes -el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo- son bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe, y esos
poderes colaborarán con los súbditos obedientes del cielo en sus esfuerzos por
vivir la nueva vida en Cristo (Special Testimonies, Serie B, Nº 7, págs. 62,
63. Año 1905).
Sólo alguien que creyera en la doctrina de la
Trinidad, podía hablar de tres personas vivientes en el trío celestial. Los
antitrinitarios no usarían tal lenguaje.
Además, su valiente declaración sobre la Trinidad
tomó a muchos por sorpresa.
M. L. Andreasen recuenta: “Recuerdo cuan asombrado
estábamos cuando fue publicado por primera vez el Deseado de Todas las Gentes,
porque contenía algunas cosas que creíamos eran increíbles. Entre otras cosas,
la doctrina de la Trinidad, la cual no era generalmente aceptada por los
adventistas de entonces”. (The Doctrine of the Trinity in the
Seventh Day Adventist Denomination, pág. 20).
Durante el año 1909, Andreasen pasó 3 meses en Elmshaven
donde pudo mirar los manuscritos escritos por ella. El escribió: “En su propio
manuscrito ví las declaraciones que yo estaba seguro que ella no había escrito,
que no podría haber escrito. Especialmente cuando fui golpeado con la nueva
cita, ahora familiar del Deseado de Todas las Gentes pág. 489 “En Cristo hay
vida original, que no proviene ni deriva de otra.”
Esta declaración en ese tiempo fue revolucionaria
y me obligó a una completa revisión de mi posición y de la denominación sobre
la Deidad de Cristo.” (Testimony of M.L Andreasen, octubre 15, 1953).
Esto, claramente tomó lugar mucho antes de la
muerte de Elena White (la cual fue en 1915). De este modo, la acusación de que
sólo después de la muerte de Elena White fue introducida en la iglesia la
doctrina de la Trinidad, no tiene fundamento.
•El libro El Evangelismo ha sido manipulado para
apoyar la Trinidad.
( Fred Allaback, No New Leaders… No New Gods, pág.
69-70).
Respuesta:
Los cambios editoriales que se encuentran en el
libro El Evangelismo, no alteran el significado de las declaraciones. Dos
ejemplos debieran ser suficientes para probar el punto:
Necesitamos comprender que el Espíritu Santo, que
es una persona así como Dios es persona, anda en estos terrenos (Manuscrito 66,
1899. [Extracto de un discurso dado a los alumnos del Colegio de Avondale,
Australia.] ).
(El Evangelismo, pág 447).
Fred Allaback reclama el hecho de que la oración
en el libro El Evangelismo comienza en el medio de la oración original y de que
la coma después de la palabra “terrenos” es reemplazada por un período,
cambiando el significado de la declaración. Además identifica al Espíritu Santo
con el Señor Dios y rechaza aceptar que hay dos personas referidas en esta
cita. De hecho, en su folleto, da al Espíritu Santo tres identidades separadas
o distintas en un vano intento de probar que no tiene existencia personal.
Identifica al Espíritu Santo con Cristo, luego
identifica al Espíritu Santo con el Padre, y más adelante identifica al
Espíritu Santo con los ángeles.
La Inspiración dice:
b- El Padre es toda la plenitud de la Deidad
corporalmente, y es invisible para los ojos mortales.
El Hijo es toda plenitud de la Deidad manifestada.
El Consolador que Cristo prometió enviar después
de ascender al cielo, es el Espíritu en toda la plenitud de la Deidad, poniendo
de manifiesto el poder de la gracia divina a todos los que reciben a Cristo y
creen en él como un Salvador personal. Hay tres personas vivientes en el trío
celestial; en el nombre de estos tres grandes poderes -el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo- son bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe, y esos
poderes colaborarán con los súbditos obedientes del cielo en sus esfuerzos por
vivir la nueva vida en Cristo (Special Testimonies, Serie B, Nº 7, págs. 62,
63. Año 1905).
En esta cita, Fred Allaback dice que significa que
hay un trío de 3 dioses vivientes en la familia divina. Es triste ver cuán
perfectamente simple es la oración en español reinterpretándola con un sentido
diferente a lo que realmente dice.
•La Trinidad es una doctrina pagana.( Fred
Allaback, No New Leaders… No New Gods, pág. 71).
Respuesta:
La doctrina de la Trinidad está basada en las
Escrituras, no en religiones paganas de humana filosofía. Similares
constelaciones de tríadas en otras religiones, tales como:
Brahma, Siva y Vishnu del Hinduismo.
Osiris, Isis y Horus en la religión egipcia.
Nimrod, Ishtar y Tamuz en Babilonia.
Estas tríadas se basan en el concepto familiar de
padre, madre e hijo, lo cual no es el caso en la religión cristiana. Si hay un
paralelismo en todos, sería una evidencia de la falsificación satánica que se
encuentra en el libro de Apocalipsis 16 (del dragón, la bestia y el falso
profeta).
•La doctrina de la Trinidad es de origen
católico.( Fred Allaback, No New Leaders… No New Gods, pág. 47).
Respuesta:
El registro histórico nos da un cuadro diferente.
Aunque el concepto de la Trinidad es Escritural, la doctrina fue formulada en
el Concilio de Nicea en el año 325 d.C.
El Concilio convocado por el emperador
Constantino, se reunió en Nicea (Asia Menor) para tratar con la controversia
arriana.
De los 318 obispos, sólo 6 venían del occidente, y
el resto venían de las iglesias orientales donde el obispo de Roma tenía muy
poca influencia. El mismo obispo de Roma no estuvo presente, pero envió dos
sacerdotes que lo representaran. Esto claramente contradice el reclamo de que
la Trinidad es una doctrina de origen católico.
Resumen.
Los primeros pioneros adventistas fueron
antitrinitarios. A finales del 1890, Elena White publicó artículos y libros
donde hizo fuertes declaraciones apoyando el concepto de la Trinidad, aunque
nunca usó la palabra “Trinidad”.
Ya que muchos en la iglesia se opusieron a ello,
más de 3 décadas se tomaron para que la iglesia en general aceptara la doctrina.
En 1931, el anuario adventista contenía una
declaración de 22 creencias fundamentales, una de las cuales era la Trinidad.
En 1980 en Dallas, las creencias fundamentales
fueron reiteradas de que hay un Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, una unidad
de 3 personas coeternas.
Los adventistas modernos que se oponen a la
Trinidad buscan recuperar la herencia de sus pioneros con referencia a la
Trinidad.
Creen que sólo después de la muerte de Elena
White, la doctrina de la Trinidad entró a la iglesia y que sus libros fueron
manipulados y cambiados.
Como hemos visto tales evidencias no apoyan esas
acusaciones.
Mientras que la Trinidad es un misterio divino y
ningún mortal podrá entenderla plenamente, las Escrituras claramente indican la
igualdad y la coexistencia eterna de las 3 personas de la Deidad. Mientras que
la razón humana no puede entenderlo, por fe podemos creerlo.
Que Dios nos bendiga.
Fuente: AHMED MINISTERIO
sábado, 22 de octubre de 2011
22 DE OCTUBRE: Origen profético de la Iglesia Adventista del Séptimo Día
La impresionante creciente de denominaciones cristianas, es sin duda, la manifestación de clara inconformidad con los grupos tradicionales. En el mundo evangélico por ejemplo las divisiones en estas últimas décadas son “pan de cada día”, y aunque todas las denominaciones cristianas dicen ser el pueblo verdadero de Dios, es notable que pocos hagan el intento, por lo menos, de argumentarlo a la luz de la Palabra de Dios. La razón, es variada, no obstante, una de ellas es la creencia de que “habrán salvos de todas las iglesias”, o en palabras de Cristo, “tengo otras ovejas que no son de este redil” (Jn. 10:16), y la frase conocida de que “todos los caminos conducen a Roma”. Únicamente basta creer en el Señor Jesús, para ser salvo, esto es, la salvación por gracia, mediante la fe (Ef. 2:8).
Sin embargo, ¿Es la Iglesia Adventista del Séptimo Día simplemente otra denominación más? ¿Puede ser catalogada como una iglesia evangélica sabática? ¿Qué es lo que le hace diferente con otras denominaciones? El adventista de hoy se ve retado, sin duda, a mirar a su derredor al bosque espeso de denominaciones, y demostrar con base, el surgimiento bíblico de su iglesia o de su pueblo. Y no sólo eso, sino que, se ve tentado probablemente a reaccionar frente al “coqueteo” con grupos disidentes en el marco de la iglesia adventista. Este asunto no es nuevo, pero es más que necesario recordarlo.
A través del surgimiento profético del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, Israel, la presente tiene el objetivo de presentar breves argumentos del surgimiento profético del pueblo de Dios en los últimos tiempos, a decir, la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
Dios siempre tuvo un pueblo
Es evidente a la luz de la Biblia que Dios siempre tuvo un pueblo escogido. Desde el Génesis mosaico, al apocalipsis juanino, esa idea es más que notable.
En el principio, la promesa hecha a Adán y Eva, después del pecado, conocida como el protoevangelio (Gn. 3:15), muestra claramente la “simiente escogida” para ser el pueblo de Dios. Por donde vendría el Salvador Jesús.
En tiempos de Noé, el “arca” simbolizaba a la iglesia de Dios. Los que abandonan el mundo corrupto, para ingresar a la “iglesia de Dios” y encontrar la seguridad y salvación (Gn.6:18).[1]
Pero la promesa más clara de un pueblo para bendición, es la que Dios hizo a Abraham, en palabras de Dios, “Y haré de ti una gran nación. Te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás una bendición. […] Y por medio de ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Gn. 12:2,3).
Sin embargo, también le profetizó con detalles el destino de ese pueblo, “Ten por cierto que tus descendientes serán peregrinos en tierra ajena, y serán esclavos y oprimidos durante 400 años. Pero yo castigaré a la nación a quien servirán. Después saldrán con gran riqueza” (Gn. 15:13,14).
Es de esta manera que el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento fue profetizado con anterioridad, para su origen y su caminata rumbo a Canaán.
SURGIMIENTO PROFÉTICO DEL PUEBLO DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO: ISRAEL
Dos históricos libros se encuentran, el Génesis y el Éxodo, el principio y la salida, para mostrar el origen del primer pueblo de Dios, como indicaba la “agenda divina”.
Génesis registra, “Ten por cierto que tus descendientes serán peregrinos en tierra ajena, y serán esclavos y oprimidos durante 400 años. Pero yo castigaré a la nación a quien servirán. Después saldrán con gran riqueza” (Gn. 15:13,14).
Éxodo hace alusión a Génesis diciendo, “Pasados los 430 años, en el mismo día, salieron de Egipto todos los ejércitos del Señor” (Ex. 12:41). En expreso, la “agenda Divina”, presenta la primera profecía con fecha exacta para el origen del pueblo de Dios.
En la fecha exacta
El texto menciona claramente, “Pasados los 430 años. Ese mismo día”, salieron de Egipto para enrumbarse a Canaán, la tierra prometida. Para algunos estudiosos existe una contradicción cronológica entre los dos textos (Gn. 15:13 y Ex. 12:41), pues en una menciona 400 años y en el otro 430 años.
Sin embargo se debe tener en cuenta las palabras de Pablo, “Esto, pues, digo: La Ley que vino 430 años después, no abroga el pacto previamente confirmado por Dios, para invalidar la promesa” (Gal. 3:17). Mostrando que La Ley (los 10 Mandamientos en el Sinaí) no anula o abroga el pacto hecho con Abraham cuando lo llamó a salir de Ur de los Caldeos (Gn. 12).
Por lo tanto, Moisés considera los 430 años desde que Abraham salió de Ur hasta el día del Éxodo (215 años desde el llamamiento de Abraham hasta cuando realmente descendió Jacob a Egipto, y 215 años más tarde hasta el mismo éxodo), pues desde que Abraham dejó su terruño fue un peregrino.[2]
Conclusión
En consecuencia, Dios había profetizado siglos antes, el surgimiento de su pueblo, el cual sería oprimida, esclavizada, humillada (Ex. 1:13), pero al final sería libertada, no por mano humana sino por mano divina (Ex.14:30,31).
Sin lugar a dudas, el pueblo de Israel tiene un origen profético. Es por ello que a través de la historia, el pueblo israelita, se sentía segura y orgullosa de ser el pueblo de Dios. No por fábulas, ni historietas, sino por su origen profético en la Biblia, la Palabra de Dios. Y aunque esclavos se atrevieron a increparle incluso a Jesús, “Descendientes de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos” (Jn.8:33), poseedores de una identidad profética sin igual.
SURGIMIENTO PROFÉTICO DEL PUEBLO DE DIOS EN EL TIEMPO DEL FIN: IGLESIA ADVENTISTA DEL SÉPTIMO DÍA
Dos libros proféticos se encuentran, Daniel y Apocalipsis, la profecía y la revelación, para mostrar el último pueblo de Dios tal como indicaba la “agenda divina”.
Daniel, el varón muy amado de Dios, dice “Pero tú Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia aumentará” (Dn. 12:4).
Juan, el discípulo amado, dice “La voz que oí del cielo me habló otra vez, y me dijo: “Ve toma el librito abierto de la mano del ángel que está en pie sobre el mar y la tierra” (Ap. 10:8).
Es interesante notar que en Daniel encontramos un libro cerrado hasta el tiempo del fin, y en Apocalipsis encontramos un libro que está abierto en el tiempo del fin. Pero surge una pregunta importante, ¿Cuándo es el tiempo del fin? Daniel menciona la respuesta, “Y él respondió: Hasta 2300 días de tardes y mañanas. Entonces el Santuario será purificado. Mientras yo contemplaba la visión, y trataba de entenderla […] Pero él me dijo: “Hijo de Adán, entiende que la visión es para el tiempo del fin (Dn. 8:14-17).
Claramente el tiempo del fin, es dado inmediatamente después del cumplimiento de la profecía más grande con fecha exacta en la Biblia (Dn. 8:14), pues cuando Daniel no entendía se le dice “entiende que la visión es para el tiempo del fin”, es decir la visión de los 2300 días, pues es la que casa más exactamente.[3]
En profecía, las tardes y mañanas, o días completos, deben ser entendidos simbólicamente, un día representa un año (ej. Nm. 14:34; Ez. 4:4-6),[4] es decir 2300 años. Pero surge otra pregunta importante, si son 2300 años literales, ¿Cuándo tienen su inicio? Para ello es imprescindible estudiar las “setenta semanas” de Daniel 9, pues son parte de las “2300 tardes y mañanas” (Dn. 9:24-27). Los exegetas conservadores coinciden en forma generalizada que la mejor fecha para el inicio de la profecía es 457/458 a.C.[5]
En consecuencia, la fecha para la culminación de los 2300 años, “de forma sistemática, los autores historicistas han situado el cumplimiento de los 2300 días entre 1843 y 1847”.[6]
El sermón apocalíptico de Jesús
A Jesús le preguntaron, “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas y qué señal habrá de tu venida y del fin del mundo?” (Mt. 24:3). Después de darle algunas señales generales (24:4-28), les presenta señales específicas (24:29-31), después de la persecución. Tres señales astronómicas que son mencionados por el mismo Cristo como eventos antes de Su advenimiento: (1) persecución, (2) “el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor” y (3) “las estrellas caerán del cielo”. Después de ello “Y entonces aparecerá en el cielo la señal del hijo del Hombre, y todas las naciones de la tierra se lamentarán; y verán al hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo, con gran poder y grande majestad” (Mt. 24:30).
Al confrontar el texto anterior con Apocalipsis 6:12-16 “Miré cuando él abrió el sexto sello. Se produjo un gran terremoto, el sol se ennegreció como un saco de cilicio, la luna se volvió toda como sangre, y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera echa sus higos cuando es sacudida por fuertes vientos […] Y decían a los montes y a las peñas: “caed sobre nosotros, y escondednos de la vista de Aquel que está sentado en el trono y de la ira del Cordero.””
A lectura simple, se nota en expreso que los dos pasajes bíblicos son más que similares. Por historia, conocemos que los eventos descritos en el libro de Apocalipsis tuvieron su cumplimiento como sigue: (1) el terremoto de Lisboa en 1755, (2) el eclipse del 19 de mayo de 1780, y (3) la lluvia de meteoritos el 13 de noviembre de 1833.[7]
Guillermo Miller y la profecía
Hablar del surgimiento del pueblo adventista sin mencionar a Miller es no reconocer cómo Dios guió a su pueblo. Guillermo Miller (1782-1849) es sin duda, la figura cumbre del adventismo.[8] En 1818 llegó a la conclusión que el cumplimento de las 2300 tardes y mañanas, y la purificación del santuario se darían unos 25 años más tarde.[9]
Para Miller, la “purificación del santuario” se refería más explícitamente a la “purificación de la tierra”, es decir, el fin del mundo (Mt. 24:3), y sería purificado con fuego alrededor de 1843. Era en esa fecha aproximada cuando Jesús volvería por segunda vez.
Lo que pocos saben, es que Miller, inicialmente no daba una fecha clara respecto a la “venida de Jesús”, ya que siempre decía: “por el año 1843”. Fue más bien por presión a sus seguidores que se animó a dar una fecha “exacta”, en algún momento de ese año judío, que él calculó corría desde el 21 de marzo de 1843 hasta el 21 de marzo de 1844.[10]
Sin embargo, fue Samuel S. Snow quien convencido, por sus estudios intensivos sobre el tabernáculo mosaico y de los tipos en los festivales judíos, sugirió a Gullermo Miller que Cristo volvería en ocasión al Día de Expiación judía (de los caraítas), en el séptimo mes del año, esto sería en el otoño en vez de primavera de 1844. Es decir el 22 de octubre. Miller y otros dirigentes especiales del movimiento aceptaron esta postura recién el 16 de octubre de 1844, días antes.[11]
Llegado el 22 de octubre de 1844, la experiencia del movimiento adventista fue “dulce como la miel, pero después […] fue amargo” (Ap. 10:10). Dulce por el mensaje precioso y la gran acogida que tuvo, y amargo por el “gran chasco” de no haber visto el regreso de Jesús.
Dios guió al movimiento adventista
Algunos podrían sonreír leyendo la historia del movimiento adventista, pues Jesús mismo dijo: “De aquél día y de la hora nadie sabe” (Mt. 24:36; Mr. 13:32), de la venida de Jesús. No obstante, cuando un sincero lector confronta el sermón apocalíptico de Jesús y las señales astronómicas (Mt. 24:29-31) con las catástrofes del sexto sello (Ap. 12:12-17), no puede dejar de sorprenderse y notar que está hablando del mismo acontecimiento profético.[12]
Guillermo Miller, entendió que Cristo vendría a purificar el santuario (la tierra para Miller), después de las 2300 tardes y mañanas, es decir, el 22 de octubre de 1844, ese sería el día del advenimiento segundo.
Sin embargo, “Dios se propuso probar a su pueblo. Su mano cubrió el error cometido en el cálculo de los períodos proféticos. Los adventistas no descubrieron el error, ni fue descubierto tampoco por los más sabios de sus adversarios. Estos decían: "Vuestro cálculo de los períodos proféticos es correcto. Algún gran acontecimiento está a punto de realizarse; pero no es lo que predice Miller; es la conversión del mundo, y no el segundo advenimiento de Cristo."[13]
Todo estaba profetizado y dirigido por Dios. No importa lo que pensemos acerca del futuro de la iglesia, hay Uno que “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11).[14]
En la fecha exacta
Apocalipsis 10 es sin duda el comienzo de la historia adventista. Después del sexto sello (Ap. 6:12-17), y su cumplimiento respectivamente, el 22 de octubre de 1844 es el día de nacimiento de un pueblo con un origen profético, una misión, “Y me dijo: “es necesario que otra vez profetices a muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”” (Ap. 10:11), y un mensaje relevante “¡Reverenciad a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio! Adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Ap. 14:7), el juicio investigador, en el marco del santuario celestial.
El mismo día en que Dios había señalado, el 22 de octubre de 1844, nació el pueblo de Dios del tiempo del fin, al finalizar las 2300 tardes y mañanas o años. Como es sabido, esa fecha marca el inicio de una etapa nueva para la historia de la humanidad. Cristo inicia su ministerio sumo sacerdotal en el lugar santísimo del santuario celestial (Heb. 8:2; 9:23, 24 cf. Ex. 25:9, 40; Lv.16).
Conclusión
La última profecía con fecha exacta es la del pueblo Adventista del Séptimo Día y su origen profético. No hay otra profecía más con fecha exacta para el surgimiento de un pueblo de Dios. Al cumplimiento de la profecía de las 2300 tardes y mañanas, ese mismo día, el 22 de octubre de 1844, Cristo dio origen a Su pueblo, que “Guarda los mandamientos de Jesús, y tiene el Testimonio de Jesús” (Ap. 14:12), y es contra ella que Satán se opone (Ap. 12:17), con el pueblo remanente de Dios.
Salen de Babilonia, para ser parte de Israel espiritual, de las tinieblas a la luz admirable (1 Pe.2:9).
CONCLUSIONES
Israel como pueblo de Dios, tuvo un origen profético muy claro, es de suponer que el pueblo de Dios en el tiempo del fin, debe tener un origen similar. Es por ello que, al analizar este asunto a la luz de la Biblia, es notable esta realidad.
El mismo día, tal como Dios lo había dicho, levantó un pueblo para el tiempo del fin. Ese pueblo es el pueblo Adventista del Séptimo Día. El 22 de octubre de 1844 no debe ser vista más como un “chasco”, sino como el inicio del ministerio sumo sacerdotal de Cristo en el Santuario Celestial, y el día del nacimiento del pueblo de Dios.
Dios sacó a Israel de Egipto, para llevarlos a la Canaán terrenal, el mismo día que estaba profetizado. Así, Dios sacó a los Adventistas de Babilonia, para llevarlos a la Canaán celestial, el mismo día en que fue profetizado.
Es impresionante el símil de los dos pueblos de Dios, que “guardan los mandamientos de Dios y tienen el Testimonio de Jesús” (Ap. 14:12), son pueblos para bendición a otras naciones con el evangelio eterno.
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[1]Brian Jones, La iglesia: Novia regia de Jesús (Buenos Aires: ACES, 1996), 18.
[2]“La profecía que dice que la cuarta generación de los que habían entrado en Egipto saldría de allí (Gén. 15: 16), y su cumplimiento registrado (Exo. 6: 16-20), hacen imposible cualquier otra explicación del período de los 430 años”. Véase Francis, Nichol, ed., “Éxodo”, Comentario bíblico Adventista del Séptimo Día. 7 vols. Traducido por Victor E. Ampuero Matta (Berrien Springs: Pacific Press Publishing Association, 1980), 1:568.
[3]George R. Knight, La visión apocalíptica y la neutralización del adventismo: ¿Estamos borrando nuestra relevancia? (Buenos Aires: ACES, 2010), 34.
[4]Asociación Ministerial de los Adventistas del Séptimo Día, Creencias de los Adventistas del Séptimo Día (Buenos Aires: ACES, 2007), 359.
[5]George R. Knight, 77.
[6]Ibid.
[7]Enoch de Oliveira¸ La mano de Dios al timón (Buenos Aires: ACES, 1986), 24-25.
[8]Miguel Ángel Núñez, La verdad progresiva. Desarrollo histórico de la teología adventista (Lima: Fortaleza Ediciones, 2007), 19.
[9]Richard W. Schwarz y Floyd Greenleaf, Potadores de luz. Historia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (Buenos Aires: ACES, 2002), 30.
[10]Ibid, 41.
[11]George Knight, 40.
[12]Elena G. de White, El conflicto de los siglos (Buenos Aires: ACES, 2005), 382.
[13]Ibid, 423.
[14]Ty Gibson, Si hay apostasía en la iglesia, ¿Debemos abandonar el barco? (Bogotá: APIA, 1998), 11.
Pr. Heyssen J. Cordero Maraví
lunes, 4 de octubre de 2010
"FORJANDO UNA IDENTIDAD"
"Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo. Y él dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso. Y Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra? Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre". Éxodo 33:12-17
Cuando al Presidente de la Asociación General, William Ambrose Spicer, se le preguntó: “¿Qué sería usted si no fuera un adventista del séptimo día?”, la persona que hacía la pregunta esperaba, sin duda, que él identificara a alguna denominación que tuviera muchas doctrinas en común con las nuestras – posiblemente los Bautistas del Séptimo Día, en cuya iglesia Spicer había crecido. Pero sin vacilar, el Pastor Spicer respondió: “Estaría avergonzado de mí mismo”.
¿Avergonzado? ¿Por qué? ¿Qué ES un adventista del séptimo día? ¿Por qué elegimos ESE nombre? ¿Por qué, en todo caso, necesitamos un nombre? Para mí, una historia del libro de Éxodo ilumina estos aspectos relacionados con nuestra identidad.
En la secuela de la horrible apostasía ocurrida al pie del Monte Sinaí, con la adoración al becerro de oro, Dios le dijo a Moisés que prosiguiera con el pueblo hacia la Tierra Prometida. Pero Moisés no estaba dispuesto a hacerlo solo. Solamente iría si Dios iba con ellos.
En Éxodo 33 encontramos una conversación en tres partes entre Moisés y Dios, y en ella descubrimos la estrecha relación entre los dos, el urgente deseo de este líder de conocer verdaderamente a Dios, y también el secreto de nuestra identidad.
Interacción Número Uno (Éxodo 33:12-14)
Moisés comienza declarando su dilema: “Tú me has dicho que conduzca este pueblo a la Tierra Prometida”, le recuerda a Dios, “pero tú mismo no me has dicho a quién enviarás conmigo”. Moisés todavía está conmocionado por el mensaje de Dios registrado en los versículo 1-3: “Anda, sube de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra de la cual juré a Abrahán, Isaac y Jacob, diciendo: ‘A tu descendencia la daré’; y yo enviaré delate de ti un ángel, y echaré fuera al cananeo y al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Sube a la tierra que fluye leche y miel; pero yo NO subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino.”
Dios afirma claramente que él NO subirá con ellos, porque son “un pueblo obstinado“, y porque él podría destruirlos en el camino.
El pueblo de Israel respondió humildemente a la declaración de Dios y se vistieron de luto y se quitaron sus ornamentos, de acuerdo al pedido de Dios. Moisés nuevamente se acerca al Señor con un pedido. En el versículo 12 Moisés le recuerda a Dios de su afirmación personal: “Tú has dicho: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado gracia en mis ojos”.
“Ahora, pues”, suplica Moisés: “si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos”(33:13). Aquí Moisés sugiere un curioso círculo para conocer a Dios.
1. “Si he hallado gracia…
2. muéstrame ahora TU CAMINO,
3. para que te conozca a TI,
4. y así halle gracia…”
Aprendemos a conocer a Dios al aprender a conocer SUS CAMINOS, y este proceso nos lleva a una relación descrita como “hallar gracia”.
Moisés entonces le recuerda a Dios de algo más: “y mira que esta gente es pueblo TUYO”. Esto puede ser una referencia a la orden de Dios registrada en el versículo 1: ”Anda, sube de aquí tú y el pueblo que TÚ sacaste de la tierra de Egipto”. Estas palabras deben de haber estado estrujando el corazón de Moisés debido al mensaje de Dios registrado en el capítulo anterior (32:7,8): “Anda, desciende, porque TU pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé, se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto”.
Dios responde entonces bondadosamente: “Mi rostro, mi presencia, irá contigo, y te daré descanso” (33:14).
Interacción Número Dos (Éxodo 33:15-17)
Sin embargo Moisés insiste: “Si tu presencia NO ha de ir conmigo, NO nos saques de aquí”. En otras palabras: “Yo no conduciré a TU pueblo ni un kilómetro, si TÚ no eres nuestro líder”. Y luego explica por qué: “Porque en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y TU pueblo, sino en que TÚ andes con nosotros, y que yo y TU pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?” La presencia misma de Dios es lo que nos distingue de todo otro pueblo. Es SU PRESENCIA lo que nos da nuestra identidad.
El Señor le asegura a Moisés: “También hare esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre.”
Interacción Número Tres (Éxodos 33:18-23)
Alentado por las promesas de Dios, Moisés urge un pedido más: “Te ruego que me muestres tu GLORIA”. “Tú has prometido que Tu Rostro, Tu Presencia, irá con nosotros –Muéstrame”.
Dios respondió: “Yo hare pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti”. ¿Y qué es este “bien”? “Y tendré misericordia”, aseguró el Señor a Moisés, “del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente”. Pero ¿qué acerca del Rostro de Dios? “No podrás ver mi Rostro”, le dijo el Señor a Moisés, “porque no me verá hombre, y vivirá”. Pero: “yo te pondré en una hendidura en la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas, mas no se verá mi rostro.”
Sinopsis
1. Conocer los CAMINOS de alguien es conocerlo a ÉL. En el vs. 13 Moisés dice: “te ruego ahora que me muestres tu camino para que te conozca”.
2. El NOMBRE de una persona describe sus CAMINOS. En el vs. 19 Dios asevera que SU NOMBRE es su carácter –sus CAMINOS. Así, el nombre de uno viene a ser su IDENTIDAD.
3. La Presencia de Dios con nosotros define nuestros CAMINOS, y por lo tanto viene a ser nuestra IDENTIDAD y nos distingue de otros (vs.16).
Paralelo con el movimiento adventista
En los meses que precedieron al “Gran Chasco”, aquellos que esperaban el pronto retorno de Cristo vinieron a ser conocidos como “Adventistas”. Pero la confusión (conocida por los creyentes de entonces como “el tiempo de la dispersión”) vino luego de pasar la fecha esperada para el Advenimiento, y el nombre “Adventista” se tornó muy impreciso. ¿Eran “Adventistas” aquellos que estaban fijando nuevas fechas para la venida de Cristo? ¿Eran “Adventistas” aquellos que se estaban mudando a Jerusalén para establecer los servicios del templo allí? ¿Eran “Adventistas” aquellos que con Guillermo Miller determinaron esperar que el Señor viniera en cualquier día? ¿O eran “Adventistas” aquellos que vieron a Jesús en el Lugar Santísimo del santuario celestial, y que guardaban el Sábado del séptimo día?
La respuesta es “Sí” –para todos ellos. El problema venía al tratar de identificar a cualquiera de esos grupos individualmente y específicamente. Sin embargo, el tiempo tiene una manera de resolver las cosas, y la iglesia remanente de Dios comenzó a forjar su propia identidad. (Los creyentes de entonces se referían a esto como “el tiempo de reunión”) En una carta dirigida a la oficina de la Review en Rochester, New York, con fecha 20 de marzo de 1853, y enviada desde Tomkins, Michigan – un pequeño pueblo justo al noroeste de Jackson— Steven T. Cranson se refería a los Adventistas guardadores del Sábado como “Adventistas del Séptimo Día”. De esta manera él los distinguía de los otros grupos.
Siete años y medio después, a fines de setiembre y comienzos de octubre de 1860, una conferencia general (cuando la iglesia todavía no estaba organizada) se llevó a cabo en Battle Creek, Michigan. Entre los asuntos importantes que se discutieron estaba la incorporación legal de la obra publicadora. Para esta incorporación era necesario un nombre, y la pregunta obvia era: ¿cuál sería el nombre?
Un Jaime White algo frustrado comentó: “Me parece que el niño está ya tan crecido que resulta demasiado embarazoso que no tenga nombre”. Así, el comité votó que deberían adoptar un nombre. Pero ¿qué nombre? Algunos recomendaron “Iglesia de Dios”, en tanto que otros objetaron debido a que no era específico, o porque sonaba demasiado arrogante.
David Hewitt, “el hombre más honesto en el pueblo”, y que fue el primer converso conseguido por Bates en Battle Creek, hizo la siguiente propuesta: “Resuelto, que tomemos el nombre de Adventistas del Séptimo Día”. ¡El mismo nombre empleado por Cranson en 1853! “Tomar el nombre”, sin embargo, sonaba a algunos como demasiado cercano a aquellos en la torre de Babel que desearon “hacer un nombre”. La propuesta fue retirada y reemplazada por la resolución de “que nos llamemos Adventistas del Séptimo Día”.
Durante unas pocas semanas luego de esto la idea fue puesta en circulación en las páginas de la Advent Review and Sabbath Herald, y recomendada a cada grupo de creyentes. Así la Asociación Publicadora Adventista del Séptimo Día fue incorporada legalmente y aún hoy en día opera en Hagerstown, Maryland bajo el nombre de “Asociación Publicadora Review and Herald”.
El 23 de diciembre, poco menos de tres meses después de esta conferencia, y solamente nueve días después de que el pequeño John Herbert White muriera, Elena recibió una visión bosquejando algunas de las necesidades urgentes del pueblo de Dios. Fue consignada por escrito y publicada como Testimonio, Número 6, que ahora se encuentra en Testimonios para la Iglesia, volumen 1, pp. 204,205.
“Recibí una revelación acerca de la adopción de un nombre por el pueblo remanente de Dios. Se me presentaron dos clases de personas. Una abarcaba las grandes organizaciones cuyos miembros profesaban ser cristianos. Estos pisoteaban la ley de Dios y se postraban ante una institución papal. Observaban el primer día de la semana como si fuera el Sábado del Señor.
“La otra clase, en la cual había pocas personas, se postraba ante el gran Dador de la Ley. Ellos observaban el cuarto mandamiento. Los rasgos prominentes y peculiares de su fe eran la observancia del séptimo día y esperar la aparición de nuestro Señor [viniendo] del Cielo…..
“No podríamos tomar un nombre más apropiado que el que concuerda con nuestra profesión, expresa nuestra fe, y nos señala como un pueblo peculiar….
“El nombre adventista del séptimo día presenta las verdaderas características de nuestra fe, y convencerá a la mente inquisitiva. Como una flecha de la aljaba del Señor, herirá a los transgresores de la ley de Dios, e inducirá al arrepentimiento para con Dios y a la fe en nuestro Señor Jesucristo.
“Me fue mostrado que casi todo fanático que ha surgido y que desea ocultar sus sentimientos a fin de arrastrar a otros, asevera pertenecer a la iglesia de Dios. Un nombre tal despertaría enseguida sospecha, porque se emplea para ocultar los más absurdos errores. Este nombre es demasiado indefinido para el pueblo remanente de Dios. La influencia de un nombre tal llevaría a suponer que tenemos una fe que deseamos encubrir.”
Conclusión
¿Por qué el nombre “Adventista del Séptimo Día”? Porque describe lo que creemos. Les dice a otros cuáles son nuestros CAMINOS, de modo que puedan comenzar a saber quiénes somos NOSOTROS. Nos DISTINGUE de todas las otras denominaciones.
Lo que distingue al pueblo de Dios del resto del mundo es SU PRESENCIA. Así, pues, es apropiado que los “Adventistas del Séptimo Día”, al elegir ese nombre, estén abiertamente compartiendo la PRESENCIA espiritual de Dios experimentada en el reposo de SU SÁBADO, y la PRESENCIA venidera y visible de Dios que experimentaremos en el SEGUNDO ADVENIMIENTO.
“Adventista del Séptimo Día” – en tanto que dice mucho en cuanto a nosotros, en realidad tiene el objetivo de decir mucho en cuanto a Dios. La historia de un Dios que está con nosotros – presente con nosotros a través de todas las horas sagradas del Sábado, ¡las cuales ciertamente se convierten en sagradas solamente por la presencia de Dios! Y la historia de un Salvador que pronto retornará, en persona, para estar eternamente unido con su pueblo.
Así, es a través de los “CAMINOS” que Dios interactúa con los seres humanos, para que otros puedan reconocer el carácter de esa relación.
Hoy, yo también estaría avergonzado de mí mismo si no fuera un adventista del séptimo día. Avergonzado porque estaría lisiado en mis esfuerzos por compartir los caminos de mi Dios, quien ESTÁ presente conmigo cada Sábado, y cuya segunda venida anhelo.
Ana Rebeca Smith, autora, poeta, artista, editora y compositora, compartió la historia de cómo se forjó nuestra identidad en la portada de la Advent Review and Sabbath Herald del 9 de diciembre de 1851. En ella, identifica claramente las dos doctrinas distintivas: el Sábado (“Guardando Todos los Diez Mandamientos”) y la Segunda Venida (“Pronto Él Viene, Descendiendo con las Nubes”).
Cuando al Presidente de la Asociación General, William Ambrose Spicer, se le preguntó: “¿Qué sería usted si no fuera un adventista del séptimo día?”, la persona que hacía la pregunta esperaba, sin duda, que él identificara a alguna denominación que tuviera muchas doctrinas en común con las nuestras – posiblemente los Bautistas del Séptimo Día, en cuya iglesia Spicer había crecido. Pero sin vacilar, el Pastor Spicer respondió: “Estaría avergonzado de mí mismo”.
¿Avergonzado? ¿Por qué? ¿Qué ES un adventista del séptimo día? ¿Por qué elegimos ESE nombre? ¿Por qué, en todo caso, necesitamos un nombre? Para mí, una historia del libro de Éxodo ilumina estos aspectos relacionados con nuestra identidad.
En la secuela de la horrible apostasía ocurrida al pie del Monte Sinaí, con la adoración al becerro de oro, Dios le dijo a Moisés que prosiguiera con el pueblo hacia la Tierra Prometida. Pero Moisés no estaba dispuesto a hacerlo solo. Solamente iría si Dios iba con ellos.
En Éxodo 33 encontramos una conversación en tres partes entre Moisés y Dios, y en ella descubrimos la estrecha relación entre los dos, el urgente deseo de este líder de conocer verdaderamente a Dios, y también el secreto de nuestra identidad.
Interacción Número Uno (Éxodo 33:12-14)
Moisés comienza declarando su dilema: “Tú me has dicho que conduzca este pueblo a la Tierra Prometida”, le recuerda a Dios, “pero tú mismo no me has dicho a quién enviarás conmigo”. Moisés todavía está conmocionado por el mensaje de Dios registrado en los versículo 1-3: “Anda, sube de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra de la cual juré a Abrahán, Isaac y Jacob, diciendo: ‘A tu descendencia la daré’; y yo enviaré delate de ti un ángel, y echaré fuera al cananeo y al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Sube a la tierra que fluye leche y miel; pero yo NO subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino.”
Dios afirma claramente que él NO subirá con ellos, porque son “un pueblo obstinado“, y porque él podría destruirlos en el camino.
El pueblo de Israel respondió humildemente a la declaración de Dios y se vistieron de luto y se quitaron sus ornamentos, de acuerdo al pedido de Dios. Moisés nuevamente se acerca al Señor con un pedido. En el versículo 12 Moisés le recuerda a Dios de su afirmación personal: “Tú has dicho: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado gracia en mis ojos”.
“Ahora, pues”, suplica Moisés: “si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos”(33:13). Aquí Moisés sugiere un curioso círculo para conocer a Dios.
1. “Si he hallado gracia…
2. muéstrame ahora TU CAMINO,
3. para que te conozca a TI,
4. y así halle gracia…”
Aprendemos a conocer a Dios al aprender a conocer SUS CAMINOS, y este proceso nos lleva a una relación descrita como “hallar gracia”.
Moisés entonces le recuerda a Dios de algo más: “y mira que esta gente es pueblo TUYO”. Esto puede ser una referencia a la orden de Dios registrada en el versículo 1: ”Anda, sube de aquí tú y el pueblo que TÚ sacaste de la tierra de Egipto”. Estas palabras deben de haber estado estrujando el corazón de Moisés debido al mensaje de Dios registrado en el capítulo anterior (32:7,8): “Anda, desciende, porque TU pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé, se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto”.
Dios responde entonces bondadosamente: “Mi rostro, mi presencia, irá contigo, y te daré descanso” (33:14).
Interacción Número Dos (Éxodo 33:15-17)
Sin embargo Moisés insiste: “Si tu presencia NO ha de ir conmigo, NO nos saques de aquí”. En otras palabras: “Yo no conduciré a TU pueblo ni un kilómetro, si TÚ no eres nuestro líder”. Y luego explica por qué: “Porque en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y TU pueblo, sino en que TÚ andes con nosotros, y que yo y TU pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?” La presencia misma de Dios es lo que nos distingue de todo otro pueblo. Es SU PRESENCIA lo que nos da nuestra identidad.
El Señor le asegura a Moisés: “También hare esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre.”
Interacción Número Tres (Éxodos 33:18-23)
Alentado por las promesas de Dios, Moisés urge un pedido más: “Te ruego que me muestres tu GLORIA”. “Tú has prometido que Tu Rostro, Tu Presencia, irá con nosotros –Muéstrame”.
Dios respondió: “Yo hare pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti”. ¿Y qué es este “bien”? “Y tendré misericordia”, aseguró el Señor a Moisés, “del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente”. Pero ¿qué acerca del Rostro de Dios? “No podrás ver mi Rostro”, le dijo el Señor a Moisés, “porque no me verá hombre, y vivirá”. Pero: “yo te pondré en una hendidura en la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas, mas no se verá mi rostro.”
Sinopsis
1. Conocer los CAMINOS de alguien es conocerlo a ÉL. En el vs. 13 Moisés dice: “te ruego ahora que me muestres tu camino para que te conozca”.
2. El NOMBRE de una persona describe sus CAMINOS. En el vs. 19 Dios asevera que SU NOMBRE es su carácter –sus CAMINOS. Así, el nombre de uno viene a ser su IDENTIDAD.
3. La Presencia de Dios con nosotros define nuestros CAMINOS, y por lo tanto viene a ser nuestra IDENTIDAD y nos distingue de otros (vs.16).
Paralelo con el movimiento adventista
En los meses que precedieron al “Gran Chasco”, aquellos que esperaban el pronto retorno de Cristo vinieron a ser conocidos como “Adventistas”. Pero la confusión (conocida por los creyentes de entonces como “el tiempo de la dispersión”) vino luego de pasar la fecha esperada para el Advenimiento, y el nombre “Adventista” se tornó muy impreciso. ¿Eran “Adventistas” aquellos que estaban fijando nuevas fechas para la venida de Cristo? ¿Eran “Adventistas” aquellos que se estaban mudando a Jerusalén para establecer los servicios del templo allí? ¿Eran “Adventistas” aquellos que con Guillermo Miller determinaron esperar que el Señor viniera en cualquier día? ¿O eran “Adventistas” aquellos que vieron a Jesús en el Lugar Santísimo del santuario celestial, y que guardaban el Sábado del séptimo día?
La respuesta es “Sí” –para todos ellos. El problema venía al tratar de identificar a cualquiera de esos grupos individualmente y específicamente. Sin embargo, el tiempo tiene una manera de resolver las cosas, y la iglesia remanente de Dios comenzó a forjar su propia identidad. (Los creyentes de entonces se referían a esto como “el tiempo de reunión”) En una carta dirigida a la oficina de la Review en Rochester, New York, con fecha 20 de marzo de 1853, y enviada desde Tomkins, Michigan – un pequeño pueblo justo al noroeste de Jackson— Steven T. Cranson se refería a los Adventistas guardadores del Sábado como “Adventistas del Séptimo Día”. De esta manera él los distinguía de los otros grupos.
Siete años y medio después, a fines de setiembre y comienzos de octubre de 1860, una conferencia general (cuando la iglesia todavía no estaba organizada) se llevó a cabo en Battle Creek, Michigan. Entre los asuntos importantes que se discutieron estaba la incorporación legal de la obra publicadora. Para esta incorporación era necesario un nombre, y la pregunta obvia era: ¿cuál sería el nombre?
Un Jaime White algo frustrado comentó: “Me parece que el niño está ya tan crecido que resulta demasiado embarazoso que no tenga nombre”. Así, el comité votó que deberían adoptar un nombre. Pero ¿qué nombre? Algunos recomendaron “Iglesia de Dios”, en tanto que otros objetaron debido a que no era específico, o porque sonaba demasiado arrogante.
David Hewitt, “el hombre más honesto en el pueblo”, y que fue el primer converso conseguido por Bates en Battle Creek, hizo la siguiente propuesta: “Resuelto, que tomemos el nombre de Adventistas del Séptimo Día”. ¡El mismo nombre empleado por Cranson en 1853! “Tomar el nombre”, sin embargo, sonaba a algunos como demasiado cercano a aquellos en la torre de Babel que desearon “hacer un nombre”. La propuesta fue retirada y reemplazada por la resolución de “que nos llamemos Adventistas del Séptimo Día”.
Durante unas pocas semanas luego de esto la idea fue puesta en circulación en las páginas de la Advent Review and Sabbath Herald, y recomendada a cada grupo de creyentes. Así la Asociación Publicadora Adventista del Séptimo Día fue incorporada legalmente y aún hoy en día opera en Hagerstown, Maryland bajo el nombre de “Asociación Publicadora Review and Herald”.
El 23 de diciembre, poco menos de tres meses después de esta conferencia, y solamente nueve días después de que el pequeño John Herbert White muriera, Elena recibió una visión bosquejando algunas de las necesidades urgentes del pueblo de Dios. Fue consignada por escrito y publicada como Testimonio, Número 6, que ahora se encuentra en Testimonios para la Iglesia, volumen 1, pp. 204,205.
“Recibí una revelación acerca de la adopción de un nombre por el pueblo remanente de Dios. Se me presentaron dos clases de personas. Una abarcaba las grandes organizaciones cuyos miembros profesaban ser cristianos. Estos pisoteaban la ley de Dios y se postraban ante una institución papal. Observaban el primer día de la semana como si fuera el Sábado del Señor.
“La otra clase, en la cual había pocas personas, se postraba ante el gran Dador de la Ley. Ellos observaban el cuarto mandamiento. Los rasgos prominentes y peculiares de su fe eran la observancia del séptimo día y esperar la aparición de nuestro Señor [viniendo] del Cielo…..
“No podríamos tomar un nombre más apropiado que el que concuerda con nuestra profesión, expresa nuestra fe, y nos señala como un pueblo peculiar….
“El nombre adventista del séptimo día presenta las verdaderas características de nuestra fe, y convencerá a la mente inquisitiva. Como una flecha de la aljaba del Señor, herirá a los transgresores de la ley de Dios, e inducirá al arrepentimiento para con Dios y a la fe en nuestro Señor Jesucristo.
“Me fue mostrado que casi todo fanático que ha surgido y que desea ocultar sus sentimientos a fin de arrastrar a otros, asevera pertenecer a la iglesia de Dios. Un nombre tal despertaría enseguida sospecha, porque se emplea para ocultar los más absurdos errores. Este nombre es demasiado indefinido para el pueblo remanente de Dios. La influencia de un nombre tal llevaría a suponer que tenemos una fe que deseamos encubrir.”
Conclusión
¿Por qué el nombre “Adventista del Séptimo Día”? Porque describe lo que creemos. Les dice a otros cuáles son nuestros CAMINOS, de modo que puedan comenzar a saber quiénes somos NOSOTROS. Nos DISTINGUE de todas las otras denominaciones.
Lo que distingue al pueblo de Dios del resto del mundo es SU PRESENCIA. Así, pues, es apropiado que los “Adventistas del Séptimo Día”, al elegir ese nombre, estén abiertamente compartiendo la PRESENCIA espiritual de Dios experimentada en el reposo de SU SÁBADO, y la PRESENCIA venidera y visible de Dios que experimentaremos en el SEGUNDO ADVENIMIENTO.
“Adventista del Séptimo Día” – en tanto que dice mucho en cuanto a nosotros, en realidad tiene el objetivo de decir mucho en cuanto a Dios. La historia de un Dios que está con nosotros – presente con nosotros a través de todas las horas sagradas del Sábado, ¡las cuales ciertamente se convierten en sagradas solamente por la presencia de Dios! Y la historia de un Salvador que pronto retornará, en persona, para estar eternamente unido con su pueblo.
Así, es a través de los “CAMINOS” que Dios interactúa con los seres humanos, para que otros puedan reconocer el carácter de esa relación.
Hoy, yo también estaría avergonzado de mí mismo si no fuera un adventista del séptimo día. Avergonzado porque estaría lisiado en mis esfuerzos por compartir los caminos de mi Dios, quien ESTÁ presente conmigo cada Sábado, y cuya segunda venida anhelo.
Ana Rebeca Smith, autora, poeta, artista, editora y compositora, compartió la historia de cómo se forjó nuestra identidad en la portada de la Advent Review and Sabbath Herald del 9 de diciembre de 1851. En ella, identifica claramente las dos doctrinas distintivas: el Sábado (“Guardando Todos los Diez Mandamientos”) y la Segunda Venida (“Pronto Él Viene, Descendiendo con las Nubes”).
Por
Stanley D. Hickerson
Fuente: http://ojoadventista-articulos.blogspot.com/2010/10/forjando-una-identidad-por-stanley-d.html
miércoles, 18 de agosto de 2010
POSTMODERNISMO Y NUEVA ERA: CONEXIONES SUTILES
11:41
Adoración
,
Advenimiento
,
Cristianismo
,
Espiritismo
,
Fernando Aranda Fraga
,
Iglesia y mundo contemporaneo
,
Locuras sociales
,
Misticismo
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New Age
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Nueva Era
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Postmodernismo
,
Satanismo
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Ruth es inteligente, hermosa, joven y compasiva. Ella fue a la universidad, tiene un buen trabajo, y para su edad sorprende a los demás con su espiritualidad. ¿Espiritualidad en una era secularizada que está tan profundamente atrincherada con la magia de la tecnología?
No te sorprendas. Ruth encontró un nuevo tipo de “espiritualidad”. Mientras ella pueda usar los avances tecnológicos como un asunto rutinario, no se sentirá obligada para con la ciencia y su magia. De esa magia ha saltado a un misterio. El misterio del misticismo, del mundo fascinante de las religiones orientales, donde el “yo” puede lograr su máximo potencial sin la ayuda de la razón, de Dios, ni de la Biblia.
Ruth hizo un salto cuántico. Como hija de la Postmodernidad, ella niega la historia, el tiempo, el Dios del universo, y el significado último de la Cruz. Pero ella no es mala, en términos de moral o de ética. Ahora abrazó los valores de la Nueva Era. El salto es sutil, sugestivo, y a menudo parece satisfactorio. Ella es feliz.
Y también lo es Satanás.
Ruth no está sola. Durante los últimos años, miles como ella, hijos de la Postmodernidad, se han convertido en seguidores de la Nueva Era. Fueron criados como metodistas, católicos, e incluso adventistas del séptimo día. El hecho es que la Nueva Era se ha convertido en un fenómeno religioso de amplio espectro que atrae a miles de seguidores cansados y desarraigados del tradicional cristianismo.
Este artículo intentará abordar cuatro preguntas: ¿Qué es el Postmodernismo? ¿Qué es, espiritualmente, la Nueva Era? ¿Hay alguna relación entre ambos? ¿Qué precauciones deberíamos tomar contra estos sutiles peligros?
¿Qué es el Postmodernismo?
El pensamiento postmoderno no constituye, propiamente hablando, una concepción del mundo, sino una multiplicidad de ellas.1 Según Fredric Jameson, profesor de Cornell University (USA), un signo típico de que se está ante un pensamiento de corte postmodernista es la cuestión de la “sordera histórica”. Este rasgo se constituye en un elemento clave a la hora de conceptualizarlo. El hombre postmoderno ha olvidado cómo se piensa históricamente, y esto produce grandes dificultades al intentar medir la temperatura de algo que ni siquiera podemos asegurar que sea una “época”.2
Un síntoma clave del pensamiento postmoderno es la negación del tiempo como una dimensión explicativa de los hechos. Por el contrario, en las Sagradas Escrituras se presenta a los eventos históricos unidos teleológicamente, siguiendo un curso definido, con significado y propósito. La visión bíblica del tiempo está gobernada por una filosofía de la historia cuyo tema central es el conflicto cósmico entre Cristo y Satanás. Esta visión del tiempo tiene hitos reconocibles: la creación, la caída, el pacto, Cristo, la obra de la redención, el juicio investigador, y la segunda venida de Cristo con su consecuente retribución de castigos y recompensas, la seguridad de un fin y de un nuevo comienzo. Esta “sordera histórica” padecida por el Postmodernismo niega la relevancia de la línea histórica bíblica y la veracidad de sus eventos principales. Así, si la historia ya no tiene valor, tampoco los hechos que la determinan.
El pensamiento postmoderno está demasiado preocupado con el presente, sin sentir ninguna necesidad de raíces históricas o de un destino atrayente. Esta irrelevancia de la historia y del destino produce una superficialidad que permea la cultura postmoderna a partir de sus principales notas: un culto de la imagen y del simulacro, el ordenamiento de una vida que gira en torno a la tecnología, se entreteje a partir de una retórica del mercado y que ha impuesto su lógica del consumo frenético, un nuevo suelo emocional, directa consecuencia de un galopante irracionalismo gestado a partir de la negación de la Modernidad y sus productos. El resultado es lo que Jean F. Lyotard3 llama una negación de las “narrativas maestras” —programas racionales “que cantaban las esperanzas y la fe en la liberación de la humanidad”.4
Así, mientras el Postmodernismo puede haber sufrido una pérdida radical en lo que éste ha rechazado, ha establecido para sí mismo otros grandiosos proyectos socioculturales, apoyados sobre una fuerte base político-religiosa.
El radical desprestigio en que caen los proyectos utópicos durante la Postmodernidad ve cumplida su complementación, por un lado, en la imposición de proyectos socioculturales —efectivamente “reales”— insuflados por fuertes fundamentalismos político-religiosos y, por otro lado, proyectos globalizantes, también marcadamente ideológicos (por más que la idea del “fin de la historia” pretenda negar la existencia de las ideologías predicando su muerte), y sosteniéndose en el espacio central que ha adquirido la economía en el mundo. Este último tipo de proyecto, más comúnmente conocido como el “Nuevo Orden Mundial”, se presenta como democrático y pluralista en materia de religión, pero de alguna manera se las ha rebuscado para fundirse en un único y hegemónico movimiento de ideas cuya arista cultural-religiosa no es otra que la Nueva Era.
A estos elementos centrales que hemos consignado como constituyentes de la Postmodernidad cabe agregar algunos otros, de índole antropológica y social. La mentalidad vigente en la sociedad postindustrial se configura por su visión fragmentada de la realidad, una orientación pragmático-operacional, antropocentrismo y relativismo, atomismo social y una fuerte tendencia hedonista, caracterizada por la constante búsqueda del placer, el fin de la “ética del deber”,5 una renuncia al compromiso y la responsabilidad y el “desenganche institucional a todos los niveles: político, ideológico, religioso, familiar, etc.”6
En su celo por atacar el secularismo y el frío racionalismo que trajo la Modernidad, la Postmodernidad resalta el rol de las emociones, los sentimientos y la imaginación. Los efectos sociales y culturales de la Modernidad se tornan claramente evidentes: un medio ambiente natural que muere, seres humanos alienados, privados de libertad real, un galopante incremento de la pobreza y la delincuencia, la carencia de identidad individual y nacional como efecto de la política mundial de bloques. Ante esto, ¿qué tiene para ofrecer el Postmodernismo? Un movimiento contracultural que va en busca de gratificaciones inmediatas y no diferidas, una irracionalidad puesta de manifiesto en nuevas formas de conocimiento, liberación sexual7 y la anarquía como norma social.
Mientras tanto, la ciencia también cambia su paradigma y abandona el modelo empirio-racionalista que aspiraba a la universalidad y a la objetividad absoluta del conocimiento. Como resultado, adquiere un carácter probabilístico y pasa a depender más que nunca del ojo del observador. La ciencia actual, luego de la desmitologización epistemológica, ya no es aquel terreno firme y seguro de antaño. Todo esto lleva al científico a encontrarse tal como el hombre de la calle frente al misterio de la realidad, situación epistemológica que favorece la apertura de la conciencia hacia otras dimensiones y las cuestiones últimas. Pensemos por un momento en el impacto que tales ideas pudieron ocasionar en el origen de los conceptos pseudocientíficos que integran la Nueva Era, tales como las medicinas alternativas y la astrología, por ejemplo. En este sentido, la relación entre Postmodernismo y Nueva Era se establece especialmente a partir de la vulgarización de las ideas postmodernas. Parte de éstas han ocasionado en el mundo, que en definitiva no se rige intelectualmente, tendencias que confluyeron y se plasmaron en una nueva (vieja) religiosidad.
Así, en la contracultura postmoderna, el movimiento de la Nueva Era encuentra un suelo favorable para echar raíces y crecer.
¿Qué es la Nueva Era?
Entre los primeros en abrazar la Nueva Era hay figuras estelares de múltiples y variadas disciplinas, como Abraham Maslow, Gregory Bateson, Margaret Mead, Carl Rogers, Aldous Huxley, Paul Tillich, y Shirley MacLaine, entre otros. Una de sus principales plumas, Marilyn Ferguson, verdadera arquitecta de la Nueva Era,8 anunció en su libro La Conspiración de Acuario que había llegado la hora de abandonar la “Era de Piscis” y de entrar en una “nueva era” astronómica gobernada por una conciencia universal y diferente. La Nueva Era asimila la cosmovisión oriental en su propio contexto sociocultural. En un momento de la historia marcado por angustias espirituales,9 la Nueva Era ofrece mística religiosa en un vestido encantador: horóscopos, meditaciones, cristales, y misticismo oriental.10 En su médula, la Nueva Era integra una religiosidad que mezcla sugestiones, magia, reverencia por la naturaleza, y una búsqueda por lo nuevo y lo anómalo, ofreciendo su pretendida “auténtica” experiencia espiritual.
Pero, ¿cuáles son algunas de las características primarias de este fenómeno de la Nueva Era? Primero, es extremadamente diverso. Incluye aspectos tan amplios como el espiritismo, la teosofía, el ocultismo, la astrología, el trascendentalismo y la curación mental.
Segundo, incluye tendencias de movimientos sociológicos contemporáneos, como el anarquismo y el hedonismo de los ‘60, la filosofía Zen, el romanticismo naturalista y el misticismo oriental. En gran parte, este ambiente nuevaerista fue preparado por el movimiento contracultural beatnik de la posguerra americana, cuyo espíritu anarquista y rebelde influyó en la aparición, en la década de los ‘60, de los hippies, cuyos slogans predicaban pacifismo, hedonismo, misticismo, orientalismo, romanticismo naturalista, uso y abuso de drogas, y que se expresó como una utopía mundial cuyas consignas manifiestas eran peace and love.11
Tercero, la Nueva Era ha revertido la tendencia rebelde y contestataria de los ‘60 para presentarse como una experiencia significativa e integrada que afirma el potencial del individuo, permite un estilo de vida burgués, y provee un disfraz religioso para tales actividades.
Cuarto, la Nueva Era es religiosa en sus pretensiones. Pero la religión existe en un ambiente relativista en el cual nadie presume tener toda la verdad. Es la religión de los buenos deseos y el amor, que pide pocas exigencias y sólo ofrece recompensas. No hay en ésta lugar alguno para la Cruz, para la gracia divina, ni para la responsabilidad humana, elementos primordiales del cristianismo bíblico.12
Quinto, la Nueva Era, alineándose con la posición antihistoricista del Postmodernismo, es desestructurante de la realidad. Lo logra por medio de dos conceptos: el karma y la reencarnación. En la base del karma yace “la convicción inamovible de que no hay felicidad ni miseria inmerecidas, que cada hombre da forma a su propia fortuna hasta el más mínimo detalle”.13 Todo lo que sucede es debido al karma; es la fuerza que gobierna la vida. La reencarnación, otro principio de la Nueva Era, niega la realidad de la muerte y afirma la inmortalidad del alma. La vida humana nunca muere, sino que se mueve de existencia en existencia, en diferentes formas y niveles de conciencia, hasta alcanzar una última etapa en la que se llega a ser una misma cosa con Dios. Las buenas obras son la clave para la progresión ascendente en la reencarnación.
Postmodernismo y Nueva Era
Habiendo repasado algunas de las notas básicas que caracterizan al Postmodernismo y a la Nueva Era, y luego de haber examinado cómo el primero proveyó el suelo nutricio en el cual la última cimentó su raíz, ahora estamos listos para analizar algunas conexiones entre ambas. No son pocas.
Primero, aunque cada una está anclada en su propia cosmovisión, ambas comparten un anti-racionalismo que niega la relevancia de la historia teleológica y afirma la supremacía del presente.14 Este “irracionalismo metódico” es, quizás, la base para otros elementos que conforman los paradigmas de la Postmodernidad y de la Nueva Era.
Segundo, ambas comparten una atracción pseudo-religiosa. La verdad, siempre tan light, de la Nueva Era es una aliada perfecta de la ética postmoderna, parafraseando a Lipovetsky, demasiado “débil”. Esta nueva espiritualidad de nuestro tiempo ofrece a sus adherentes la seguridad de la religión y la libertad de la Postmodernidad. La combinación de ambas rechaza todos los legados del pasado y todos los sistemas normativos de valores. Sin ninguna pretensión de permanencia, se pierden en todas las culturas, sembrando la desconfianza hacia cualquier cosa que sea básica y fundamental para la vida humana. Esta desconfianza es percibida política y socialmente como una fuerte predominancia del disenso que reemplaza al “moderno” consenso anterior. Una sociedad gobernada por el disenso se torna rápidamente caótica e insegura. Si todo vale, entonces ¿qué es lo justo? ¿Qué es lo ético? ¿Cuál es la norma correcta?
En tercer lugar, está el nexo del humanismo y la religión. La Nueva Era y el Postmodernismo ofrecen una visión humanística de la verdad y la vida que toma en cuenta cualquier pensamiento religioso y cultural para lograr una armonía universal. Mientras que no asimila la orientación cristiana de ver la vida desde la perspectiva de una gran controversia, buscando un fundamento más elevado a partir de un estilo de vida basado en la Cruz y la redención, la Nueva Era no vacila en citar la Biblia y usar sus ilustraciones; hasta en algunos contextos parece casi cristiana. Tampoco vacila en tomar conceptos prestados de otras religiones que colaboran en su búsqueda de atractivos universales y su oferta religiosa de “paz interior”.
Cuarto, la Nueva Era, funcionando en el mundo de la Postmodernidad, trabaja incesantemente hacia un consenso cuya base es distintiva y señaladamente permisiva, cuyos contenidos apuntan definidamente hacia la divinización de la humanidad, la santidad de la naturaleza y la supervivencia eterna del alma. Así puede ser caracterizada como una utopía del presente—una aspiración que el humanismo moderno no ha logrado, pero que le gustaría hacerlo. Esta glorificación de lo humano, tan central para la Nueva Era, completa el círculo iniciado por el naturalismo y el secularismo, cuyas raíces se hunden en el Renacimiento y el mundo postmedieval.
Quinto, tanto la Postmodernidad como la Nueva Era vagan entre la herencia agnóstica del ateísmo precedente y el neopanteísmo místico oriental. Es agnóstica, porque posee un barniz de tolerancia religiosa que se asienta en la indiferencia hacia la verdadera experiencia cristiana. Es panteísta, porque encuentra lo sagrado en la deificación de la humanidad y la naturaleza. Ambas posturas están entremezcladas, y en esa mezcla mística los adherentes de la Nueva Era parecen encontrar su satisfacción.
Los valores de la Postmodernidad están anclados en una inmanencia absoluta. Esta versión postmoderna del agnosticismo intenta reemplazar el fracaso en el conocimiento de lo divino con una búsqueda de lo sagrado en la propia interioridad: “Seréis como Dios”, dijo la serpiente en el jardín del Edén; el Postmodernismo y la Nueva Era parecen decir: “Tú eres dios”.
Quienes están enrolados en el movimiento de la Nueva Era, o simplemente simpatizan con él, objetarán que, por el contrario, nuestra época está signada por un retorno a la religiosidad, una religiosidad originaria, superadora de las formas conocidas, que produce una vuelta del hombre a Dios y a la naturaleza. No nos engañemos, la Nueva Era no representa novedad alguna en este mundo, es lisa y llanamente un neopanteísmo, que condujo al hombre a su autodivinización.
Cristianos, ¡cuidado!
Luego de ver los argumentos, los atractivos, y los postulados del Postmodernismo y de la Nueva Era, ¿qué podemos hacer como cristianos? Cuidarnos es un buen punto de partida. Los peligros son tan reales y tan atrayentes como los que hubo en el jardín del Edén. Hay al menos cuatro puntos significativos para recordar:
1. En la Nueva Era todo es válido. Lo que más importa es la realización máxima del potencial humano y la unión íntima del hombre con la totalidad de la naturaleza.
2. La Nueva Era rechaza todo lo que es básico para el verdadero cristianismo. Ignora la realidad de la condición humana: el problema del pecado. Como tal, no tiene aplicación para las grandes verdades del cristianismo, tales como la necesidad de la reconciliación del hombre con Dios, la encarnación de Cristo y su sacrificio en la Cruz.
3. La Nueva Era es una pseudoreligión. Mientras que rechaza las verdades fundamentales de la Palabra de Dios, intenta establecer una nueva religiosidad universal en la que hombres y mujeres puedan lograr su potencial completo sin Dios. La clave es el poder humano y el potencial interior. Desde su posición filosófica lanza consignas como éstas: ¡Fuera con toda noción de que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23)! ¡Abajo con la verdad de que todos necesitan el poder y la gracia de Dios para ser libres del pecado!
4. El poder seductor de la Nueva Era y de formas similares de falsa espiritualidad se incrementará en el futuro, y la única seguridad yace en confiar firmemente en Dios y en su Palabra. No hay sustituto. Los cristianos light son presa fácil para la Nueva Era.
Como cristianos, tenemos una responsabilidad para con nosotros, para con el mundo creado por Dios, y para con nuestro prójimo. Quedan como problemas a resolver, como cristianos que vivimos en este mundo y que aspiramos a la vida eterna en otro renovado, cuestiones tales como los reclamos de la crítica postmoderna de un planeta que fenece; la consecuencia del uso indiscriminado de una técnica y una política que dejaron de estar al servicio del hombre y que están matando la naturaleza creada por Dios; una vida burocratizada, vigilada y planificada por los incontrolables mecanismos de poder a cuyo servicio se colocan los mass media; un ser humano alienado económica, social y culturalmente, que ha perdido la única referencia válida que podía tener de sí mismo: la constante comunicación, cara a cara, con el Dios Creador, personal y trascendente, quien nos motiva a servir a otros inspirados por su amor. El vive y porque él vive, nosotros viviremos también.
ACERCA DEL AUTOR: Fernando Aranda Fraga es profesor y licenciado en Filosofía. Actualmente cursa estudios doctorales y se desempeña como docente y Secretario Asociado de Investigación de la Universidad Adventista del Plata, Argentina. Su dirección: 25 de Mayo 99; (3103) Libertador San Martín, Entre Ríos, Argentina. E-mail: uap@uap.satlink.net.
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No te sorprendas. Ruth encontró un nuevo tipo de “espiritualidad”. Mientras ella pueda usar los avances tecnológicos como un asunto rutinario, no se sentirá obligada para con la ciencia y su magia. De esa magia ha saltado a un misterio. El misterio del misticismo, del mundo fascinante de las religiones orientales, donde el “yo” puede lograr su máximo potencial sin la ayuda de la razón, de Dios, ni de la Biblia.
Ruth hizo un salto cuántico. Como hija de la Postmodernidad, ella niega la historia, el tiempo, el Dios del universo, y el significado último de la Cruz. Pero ella no es mala, en términos de moral o de ética. Ahora abrazó los valores de la Nueva Era. El salto es sutil, sugestivo, y a menudo parece satisfactorio. Ella es feliz.
Y también lo es Satanás.
Ruth no está sola. Durante los últimos años, miles como ella, hijos de la Postmodernidad, se han convertido en seguidores de la Nueva Era. Fueron criados como metodistas, católicos, e incluso adventistas del séptimo día. El hecho es que la Nueva Era se ha convertido en un fenómeno religioso de amplio espectro que atrae a miles de seguidores cansados y desarraigados del tradicional cristianismo.
Este artículo intentará abordar cuatro preguntas: ¿Qué es el Postmodernismo? ¿Qué es, espiritualmente, la Nueva Era? ¿Hay alguna relación entre ambos? ¿Qué precauciones deberíamos tomar contra estos sutiles peligros?
¿Qué es el Postmodernismo?
El pensamiento postmoderno no constituye, propiamente hablando, una concepción del mundo, sino una multiplicidad de ellas.1 Según Fredric Jameson, profesor de Cornell University (USA), un signo típico de que se está ante un pensamiento de corte postmodernista es la cuestión de la “sordera histórica”. Este rasgo se constituye en un elemento clave a la hora de conceptualizarlo. El hombre postmoderno ha olvidado cómo se piensa históricamente, y esto produce grandes dificultades al intentar medir la temperatura de algo que ni siquiera podemos asegurar que sea una “época”.2
Un síntoma clave del pensamiento postmoderno es la negación del tiempo como una dimensión explicativa de los hechos. Por el contrario, en las Sagradas Escrituras se presenta a los eventos históricos unidos teleológicamente, siguiendo un curso definido, con significado y propósito. La visión bíblica del tiempo está gobernada por una filosofía de la historia cuyo tema central es el conflicto cósmico entre Cristo y Satanás. Esta visión del tiempo tiene hitos reconocibles: la creación, la caída, el pacto, Cristo, la obra de la redención, el juicio investigador, y la segunda venida de Cristo con su consecuente retribución de castigos y recompensas, la seguridad de un fin y de un nuevo comienzo. Esta “sordera histórica” padecida por el Postmodernismo niega la relevancia de la línea histórica bíblica y la veracidad de sus eventos principales. Así, si la historia ya no tiene valor, tampoco los hechos que la determinan.
El pensamiento postmoderno está demasiado preocupado con el presente, sin sentir ninguna necesidad de raíces históricas o de un destino atrayente. Esta irrelevancia de la historia y del destino produce una superficialidad que permea la cultura postmoderna a partir de sus principales notas: un culto de la imagen y del simulacro, el ordenamiento de una vida que gira en torno a la tecnología, se entreteje a partir de una retórica del mercado y que ha impuesto su lógica del consumo frenético, un nuevo suelo emocional, directa consecuencia de un galopante irracionalismo gestado a partir de la negación de la Modernidad y sus productos. El resultado es lo que Jean F. Lyotard3 llama una negación de las “narrativas maestras” —programas racionales “que cantaban las esperanzas y la fe en la liberación de la humanidad”.4
Así, mientras el Postmodernismo puede haber sufrido una pérdida radical en lo que éste ha rechazado, ha establecido para sí mismo otros grandiosos proyectos socioculturales, apoyados sobre una fuerte base político-religiosa.
El radical desprestigio en que caen los proyectos utópicos durante la Postmodernidad ve cumplida su complementación, por un lado, en la imposición de proyectos socioculturales —efectivamente “reales”— insuflados por fuertes fundamentalismos político-religiosos y, por otro lado, proyectos globalizantes, también marcadamente ideológicos (por más que la idea del “fin de la historia” pretenda negar la existencia de las ideologías predicando su muerte), y sosteniéndose en el espacio central que ha adquirido la economía en el mundo. Este último tipo de proyecto, más comúnmente conocido como el “Nuevo Orden Mundial”, se presenta como democrático y pluralista en materia de religión, pero de alguna manera se las ha rebuscado para fundirse en un único y hegemónico movimiento de ideas cuya arista cultural-religiosa no es otra que la Nueva Era.
A estos elementos centrales que hemos consignado como constituyentes de la Postmodernidad cabe agregar algunos otros, de índole antropológica y social. La mentalidad vigente en la sociedad postindustrial se configura por su visión fragmentada de la realidad, una orientación pragmático-operacional, antropocentrismo y relativismo, atomismo social y una fuerte tendencia hedonista, caracterizada por la constante búsqueda del placer, el fin de la “ética del deber”,5 una renuncia al compromiso y la responsabilidad y el “desenganche institucional a todos los niveles: político, ideológico, religioso, familiar, etc.”6
En su celo por atacar el secularismo y el frío racionalismo que trajo la Modernidad, la Postmodernidad resalta el rol de las emociones, los sentimientos y la imaginación. Los efectos sociales y culturales de la Modernidad se tornan claramente evidentes: un medio ambiente natural que muere, seres humanos alienados, privados de libertad real, un galopante incremento de la pobreza y la delincuencia, la carencia de identidad individual y nacional como efecto de la política mundial de bloques. Ante esto, ¿qué tiene para ofrecer el Postmodernismo? Un movimiento contracultural que va en busca de gratificaciones inmediatas y no diferidas, una irracionalidad puesta de manifiesto en nuevas formas de conocimiento, liberación sexual7 y la anarquía como norma social.
Mientras tanto, la ciencia también cambia su paradigma y abandona el modelo empirio-racionalista que aspiraba a la universalidad y a la objetividad absoluta del conocimiento. Como resultado, adquiere un carácter probabilístico y pasa a depender más que nunca del ojo del observador. La ciencia actual, luego de la desmitologización epistemológica, ya no es aquel terreno firme y seguro de antaño. Todo esto lleva al científico a encontrarse tal como el hombre de la calle frente al misterio de la realidad, situación epistemológica que favorece la apertura de la conciencia hacia otras dimensiones y las cuestiones últimas. Pensemos por un momento en el impacto que tales ideas pudieron ocasionar en el origen de los conceptos pseudocientíficos que integran la Nueva Era, tales como las medicinas alternativas y la astrología, por ejemplo. En este sentido, la relación entre Postmodernismo y Nueva Era se establece especialmente a partir de la vulgarización de las ideas postmodernas. Parte de éstas han ocasionado en el mundo, que en definitiva no se rige intelectualmente, tendencias que confluyeron y se plasmaron en una nueva (vieja) religiosidad.
Así, en la contracultura postmoderna, el movimiento de la Nueva Era encuentra un suelo favorable para echar raíces y crecer.
¿Qué es la Nueva Era?
Entre los primeros en abrazar la Nueva Era hay figuras estelares de múltiples y variadas disciplinas, como Abraham Maslow, Gregory Bateson, Margaret Mead, Carl Rogers, Aldous Huxley, Paul Tillich, y Shirley MacLaine, entre otros. Una de sus principales plumas, Marilyn Ferguson, verdadera arquitecta de la Nueva Era,8 anunció en su libro La Conspiración de Acuario que había llegado la hora de abandonar la “Era de Piscis” y de entrar en una “nueva era” astronómica gobernada por una conciencia universal y diferente. La Nueva Era asimila la cosmovisión oriental en su propio contexto sociocultural. En un momento de la historia marcado por angustias espirituales,9 la Nueva Era ofrece mística religiosa en un vestido encantador: horóscopos, meditaciones, cristales, y misticismo oriental.10 En su médula, la Nueva Era integra una religiosidad que mezcla sugestiones, magia, reverencia por la naturaleza, y una búsqueda por lo nuevo y lo anómalo, ofreciendo su pretendida “auténtica” experiencia espiritual.
Pero, ¿cuáles son algunas de las características primarias de este fenómeno de la Nueva Era? Primero, es extremadamente diverso. Incluye aspectos tan amplios como el espiritismo, la teosofía, el ocultismo, la astrología, el trascendentalismo y la curación mental.
Segundo, incluye tendencias de movimientos sociológicos contemporáneos, como el anarquismo y el hedonismo de los ‘60, la filosofía Zen, el romanticismo naturalista y el misticismo oriental. En gran parte, este ambiente nuevaerista fue preparado por el movimiento contracultural beatnik de la posguerra americana, cuyo espíritu anarquista y rebelde influyó en la aparición, en la década de los ‘60, de los hippies, cuyos slogans predicaban pacifismo, hedonismo, misticismo, orientalismo, romanticismo naturalista, uso y abuso de drogas, y que se expresó como una utopía mundial cuyas consignas manifiestas eran peace and love.11
Tercero, la Nueva Era ha revertido la tendencia rebelde y contestataria de los ‘60 para presentarse como una experiencia significativa e integrada que afirma el potencial del individuo, permite un estilo de vida burgués, y provee un disfraz religioso para tales actividades.
Cuarto, la Nueva Era es religiosa en sus pretensiones. Pero la religión existe en un ambiente relativista en el cual nadie presume tener toda la verdad. Es la religión de los buenos deseos y el amor, que pide pocas exigencias y sólo ofrece recompensas. No hay en ésta lugar alguno para la Cruz, para la gracia divina, ni para la responsabilidad humana, elementos primordiales del cristianismo bíblico.12
Quinto, la Nueva Era, alineándose con la posición antihistoricista del Postmodernismo, es desestructurante de la realidad. Lo logra por medio de dos conceptos: el karma y la reencarnación. En la base del karma yace “la convicción inamovible de que no hay felicidad ni miseria inmerecidas, que cada hombre da forma a su propia fortuna hasta el más mínimo detalle”.13 Todo lo que sucede es debido al karma; es la fuerza que gobierna la vida. La reencarnación, otro principio de la Nueva Era, niega la realidad de la muerte y afirma la inmortalidad del alma. La vida humana nunca muere, sino que se mueve de existencia en existencia, en diferentes formas y niveles de conciencia, hasta alcanzar una última etapa en la que se llega a ser una misma cosa con Dios. Las buenas obras son la clave para la progresión ascendente en la reencarnación.
Postmodernismo y Nueva Era
Habiendo repasado algunas de las notas básicas que caracterizan al Postmodernismo y a la Nueva Era, y luego de haber examinado cómo el primero proveyó el suelo nutricio en el cual la última cimentó su raíz, ahora estamos listos para analizar algunas conexiones entre ambas. No son pocas.
Primero, aunque cada una está anclada en su propia cosmovisión, ambas comparten un anti-racionalismo que niega la relevancia de la historia teleológica y afirma la supremacía del presente.14 Este “irracionalismo metódico” es, quizás, la base para otros elementos que conforman los paradigmas de la Postmodernidad y de la Nueva Era.
Segundo, ambas comparten una atracción pseudo-religiosa. La verdad, siempre tan light, de la Nueva Era es una aliada perfecta de la ética postmoderna, parafraseando a Lipovetsky, demasiado “débil”. Esta nueva espiritualidad de nuestro tiempo ofrece a sus adherentes la seguridad de la religión y la libertad de la Postmodernidad. La combinación de ambas rechaza todos los legados del pasado y todos los sistemas normativos de valores. Sin ninguna pretensión de permanencia, se pierden en todas las culturas, sembrando la desconfianza hacia cualquier cosa que sea básica y fundamental para la vida humana. Esta desconfianza es percibida política y socialmente como una fuerte predominancia del disenso que reemplaza al “moderno” consenso anterior. Una sociedad gobernada por el disenso se torna rápidamente caótica e insegura. Si todo vale, entonces ¿qué es lo justo? ¿Qué es lo ético? ¿Cuál es la norma correcta?
En tercer lugar, está el nexo del humanismo y la religión. La Nueva Era y el Postmodernismo ofrecen una visión humanística de la verdad y la vida que toma en cuenta cualquier pensamiento religioso y cultural para lograr una armonía universal. Mientras que no asimila la orientación cristiana de ver la vida desde la perspectiva de una gran controversia, buscando un fundamento más elevado a partir de un estilo de vida basado en la Cruz y la redención, la Nueva Era no vacila en citar la Biblia y usar sus ilustraciones; hasta en algunos contextos parece casi cristiana. Tampoco vacila en tomar conceptos prestados de otras religiones que colaboran en su búsqueda de atractivos universales y su oferta religiosa de “paz interior”.
Cuarto, la Nueva Era, funcionando en el mundo de la Postmodernidad, trabaja incesantemente hacia un consenso cuya base es distintiva y señaladamente permisiva, cuyos contenidos apuntan definidamente hacia la divinización de la humanidad, la santidad de la naturaleza y la supervivencia eterna del alma. Así puede ser caracterizada como una utopía del presente—una aspiración que el humanismo moderno no ha logrado, pero que le gustaría hacerlo. Esta glorificación de lo humano, tan central para la Nueva Era, completa el círculo iniciado por el naturalismo y el secularismo, cuyas raíces se hunden en el Renacimiento y el mundo postmedieval.
Quinto, tanto la Postmodernidad como la Nueva Era vagan entre la herencia agnóstica del ateísmo precedente y el neopanteísmo místico oriental. Es agnóstica, porque posee un barniz de tolerancia religiosa que se asienta en la indiferencia hacia la verdadera experiencia cristiana. Es panteísta, porque encuentra lo sagrado en la deificación de la humanidad y la naturaleza. Ambas posturas están entremezcladas, y en esa mezcla mística los adherentes de la Nueva Era parecen encontrar su satisfacción.
Los valores de la Postmodernidad están anclados en una inmanencia absoluta. Esta versión postmoderna del agnosticismo intenta reemplazar el fracaso en el conocimiento de lo divino con una búsqueda de lo sagrado en la propia interioridad: “Seréis como Dios”, dijo la serpiente en el jardín del Edén; el Postmodernismo y la Nueva Era parecen decir: “Tú eres dios”.
Quienes están enrolados en el movimiento de la Nueva Era, o simplemente simpatizan con él, objetarán que, por el contrario, nuestra época está signada por un retorno a la religiosidad, una religiosidad originaria, superadora de las formas conocidas, que produce una vuelta del hombre a Dios y a la naturaleza. No nos engañemos, la Nueva Era no representa novedad alguna en este mundo, es lisa y llanamente un neopanteísmo, que condujo al hombre a su autodivinización.
Cristianos, ¡cuidado!
Luego de ver los argumentos, los atractivos, y los postulados del Postmodernismo y de la Nueva Era, ¿qué podemos hacer como cristianos? Cuidarnos es un buen punto de partida. Los peligros son tan reales y tan atrayentes como los que hubo en el jardín del Edén. Hay al menos cuatro puntos significativos para recordar:
1. En la Nueva Era todo es válido. Lo que más importa es la realización máxima del potencial humano y la unión íntima del hombre con la totalidad de la naturaleza.
2. La Nueva Era rechaza todo lo que es básico para el verdadero cristianismo. Ignora la realidad de la condición humana: el problema del pecado. Como tal, no tiene aplicación para las grandes verdades del cristianismo, tales como la necesidad de la reconciliación del hombre con Dios, la encarnación de Cristo y su sacrificio en la Cruz.
3. La Nueva Era es una pseudoreligión. Mientras que rechaza las verdades fundamentales de la Palabra de Dios, intenta establecer una nueva religiosidad universal en la que hombres y mujeres puedan lograr su potencial completo sin Dios. La clave es el poder humano y el potencial interior. Desde su posición filosófica lanza consignas como éstas: ¡Fuera con toda noción de que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23)! ¡Abajo con la verdad de que todos necesitan el poder y la gracia de Dios para ser libres del pecado!
4. El poder seductor de la Nueva Era y de formas similares de falsa espiritualidad se incrementará en el futuro, y la única seguridad yace en confiar firmemente en Dios y en su Palabra. No hay sustituto. Los cristianos light son presa fácil para la Nueva Era.
Como cristianos, tenemos una responsabilidad para con nosotros, para con el mundo creado por Dios, y para con nuestro prójimo. Quedan como problemas a resolver, como cristianos que vivimos en este mundo y que aspiramos a la vida eterna en otro renovado, cuestiones tales como los reclamos de la crítica postmoderna de un planeta que fenece; la consecuencia del uso indiscriminado de una técnica y una política que dejaron de estar al servicio del hombre y que están matando la naturaleza creada por Dios; una vida burocratizada, vigilada y planificada por los incontrolables mecanismos de poder a cuyo servicio se colocan los mass media; un ser humano alienado económica, social y culturalmente, que ha perdido la única referencia válida que podía tener de sí mismo: la constante comunicación, cara a cara, con el Dios Creador, personal y trascendente, quien nos motiva a servir a otros inspirados por su amor. El vive y porque él vive, nosotros viviremos también.
ACERCA DEL AUTOR: Fernando Aranda Fraga es profesor y licenciado en Filosofía. Actualmente cursa estudios doctorales y se desempeña como docente y Secretario Asociado de Investigación de la Universidad Adventista del Plata, Argentina. Su dirección: 25 de Mayo 99; (3103) Libertador San Martín, Entre Ríos, Argentina. E-mail: uap@uap.satlink.net.
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Notas y referencias
1. José Rubio Carracedo, Educación moral, postmodernidad y democracia: Más allá del liberalismo y del comunitarismo (Madrid: Trotta, 1996), p. 91. Ver también “El desafío del postmodernismo”, Diálogo Universitario 8:1 (1996), pp. 5-8.
2. Fredric Jameson, Teoría de la Postmodernidad (Madrid: Trotta, 1996), pp. 9, 11.
3. Jean F. Lyotard, Le Posmoderne expliqué aux enfants (Paris: Éditions Galilée, 1986), pp. 29-31.
4. Manuel Fernández del Riesgo, “La posmodernidad y la crisis de los valores religiosos,” en Gianni Vattimo et al, En torno a la posmodernidad (Barcelona: Anthropos, 1994), p. 89.
5. Ver Gilles Lipovetsky, Le crepúscule du devoir: L’ éthique indolore des nouveaux temps démocratiques (Paris: Gallimard, 1992)
6. Fernández del Riesgo, p. 89.
7. Ver Gianni Vattimo, Credere di credere (Milan: Garzanti, 1996)
8. Ver Russell Chandler, Understanding the New Age (Dallas: Word Publishing, 1988)
9. Ver Jean-Claude Guillebaud, La trahison des Lumières: Enquête sur le désarroi contemporain (Paris: Éditions du Seuil, 1995)
10. Fernández del Riesgo, p. 90.
11. Roberto Bosca, New Age: La utopía religiosa de fin de siglo (Buenos Aires: Atlántida, 1993), pp. 37-41.
12. Bosca, p. 46.
13. James Hastings, ed., Encyclopedia of Religion and Ethics, (1980), vol. xii, p. 435.
14. Ver Humberto M. Rasi, “Combatiendo en dos frentes”, Diálogo Universitario 3:1 (1991), pp. 4-7, 22-23.
TÍTULO ORIGINAL: Postmodernismo y Nueva Era: las conexiones sutiles por Fernando Aranda Fraga
FUENTE: Diálogo Universitario
Tomado de: http://eladventistahoy.blogspot.com
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